“¿Estás atento?” la otra cara del TDAH

El documental cuenta con entrevistas a psiquiatras, psicólogos, médicos del sistema público de salud, educadores sociales de Centros de Atención a la Infancia, maestros, periodistas, y padres y mad…

Origen: ¿Estás atento?: la otra cara del TDAH – Mad In America Hispanohablante

Os presentamos: “¿Estás atento?: la otra cara del TDAH”. Un documental elaborado por Humanistas de Carabanchel sobre el fenómeno del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad.El documental cuenta con entrevistas a psiquiatras, psicólogos, médicos del sistema público de salud, educadores sociales de Centros de Atención a la Infancia, maestros, periodistas, y padres y madres afectadas.
En él se aborda el asombroso auge del diagnóstico desde su aparición en el DSM III en 1980, al que ya se hizo referencia en esta reseña; el abuso en la prescripción de potentes psicofármacos derivados de las anfetaminas desde edades muy tempranas para su tratamiento y la espectacular expansión de las ventas de medicamentos relacionados. En el documental se hace referencia también a la gran influencia del marketing farmacológico en el abordaje del tratamiento al TDAH y la creciente patologización de la infancia y adolescencia. Esta patologización desmedida es entendida, por alguna de las protagonistas del documental y por nosotras mismas, como una suerte de violencia del sistema, que señala y declara como enfermo aquello que no entiende y que anula la voluntad humana a través de diagnosticar y medicar comportamientos.

TODOS LOS CÓMICS DE EDUCAR SIN DROGAS

Queridos compañeros docentes, o padres o madres interesados en el tema de las drogas y la realción que vuestros hijos puedan tener con estas sustancias, aquí os vais a poder descargar los cómics tal y como los dibujé, con todo el cariño y pasión que pongo en todo lo que creo que merece la pena. Y mis hijos, al igual que los vuestros, lo merecen todo porque son lo más grande de este mundo. No permitamos que cuatro payasos (con perdón hacia la profesión de los payasos) con ganas de forrarse jueguen con el cerebro de nuestros hijos. Un beso

Cómic Alcohol       Cómic Tabaco color       Cómic Tabaco Blanco y Negro    

Cómic Tabaco Euskera        Cómic Cannabis       Cómic TDAH COLOR      

Cómic TDAH Blanco y Negro   Cómic Diagnóstico  Cómic Tabaco adicción

El colegio “milagro” que revoluciona la educación en España

Origen: ELMUNDO

El Joaquim Ruyra desafía todos los dogmas del sistema educativo: está en un barrio conflictivo, el 92% de los alumnos son extranjeros… y aún así logra mejores resultados que muchos colegios de élite.

Visitamos sus aulas para descubrir la receta de su buena educación. El primer mandamiento: “Si hay silencio en clase es que algo va mal”.

Nada más entrar en clase ocurre algo insólito: nada. El aula de quinto de primaria está abarrotada pero nadie me presta la más mínima atención. Doy algunos pasos entre las mesas, me asomo al centro de un grupo de alumnos, pero ninguno levanta la vista. Me ven, pero me ignoran. En mis tiempos, y en otros colegios, cualquier persona, animal o cosa que se manifieste en la puerta de un aula se convierte de forma instantánea en la mejor escapatoria.

Hace tres meses un nuevo milagro atrae peregrinos a uno de los barrios más pobres del área metropolitana de Barcelona. Curiosos, estudiantes de magisterio, académicos y comitivas institucionales se desplazan semanalmente hasta La Florida, en L’Hospitalet de Llobregat, para visitar el prodigioso colegio Joaquim Ruyra. Yo soy uno de esos peregrinos.

Todo empezó cuando se hicieron públicos algunos de los resultados de las pruebas de competencias básicas que realiza la Generalitat. Los datos revelaron que el nivel académico de los alumnos de primaria de este centro público está muy por encima de la media. En algunas materias supera incluso el de los colegios privados de más prestigio de Cataluña. Lo llamaron «milagro educativo».

«El 92% de nuestros alumnos son de origen extranjero y más del 95% reciben una beca de comedor. Se supone que estos resultados no salen de un barrio como éste. Se supone», dice risueño Miquel Charneco, el jefe de estudios. «Todo el mundo nos pregunta lo mismo», continúa Raquel García, la directora del centro, «que cómo lo hacemos y que dónde está el truco. Nosotros les decimos que no hay truco, sólo la medida justa de azúcar, y les invitamos a verlo».

Durante tres días observaré de cerca este colegio. Elaboraré una lista de particularidades, una especie de recetario o cuaderno de rarezas, según se mire.

En primer lugar, todas las aulas tienen las puertas abiertas y desde el pasillo se oye un runrún de voces. Antes de cruzar el umbral de la clase de quinto veo un niño sikh con el moño tradicional en la frente, una niña negra altísima y un chaval con cenefas en el cuero cabelludo. De repente me asalta una timidez infantil. Una clase, o lo que muchos entendemos por ella, es uno de los espacios más solemnes a los que uno puede enfrentarse. Sin importar la edad, siempre revive el miedo a ser observado, evaluado.

Los alumnos de quinto curso están divididos en cuatro grupos. Deben realizar cuatro actividades distintas de 20 minutos de duración. Éste es el tiempo que, según el equipo directivo, son capaces de mantener una concentración óptima. De modo que la clase de matemáticas durará dos horas. Cada equipo realizará cuatro actividades relacionadas con la asignatura. Los grupos interactivos, así se llama este sistema, es como funcionan aproximadamente el 60% de las horas lectivas en el Joaquim Ruyra.

Como herramientas de apoyo están el cronómetro digital colgado en la pared y cuatro adultos, uno en cada conjunto de mesas. «Hoy tenemos dos voluntarios, un lujo», apunta Raquel, la directora. «Siempre garantizamos que haya al menos dos adultos por clase, el tutor y un maestro de apoyo, luego jugamos con los voluntarios».

Esta es una de las pocas rebeliones formales del centro: los maestros de educación especial y del aula de acogida se integran en la clase ordinaria. «Al segregar a los alumnos la autoestima bajaba en picado», dice Raquel. «Es como una escuela de idiomas en la que tus compañeros no saben nada y no quieres hablar con tu profesor. Les dábamos un cuaderno especial que terminaba sirviendo de excusa cuando algo les parecía difícil: ‘¡Profe, es que soy del aula de acogida!’».

Sadaf es madre voluntaria, procede de Pakistán y hace 17 años que vive en el barrio. Se pasea alrededor de su grupo con un sari perfumado, mirada exigente y los brazos cruzados. «En este colegio puedes saber qué hacen los niños en clase. ¿Cuántos padres lo saben realmente?». Madre y tía de varios alumnos del Joaquim Ruyra, viene cada semana. «A otras familias de mi país les gusta que venga, y a mí también».

El alboroto que arma el grupo de Sadaf es considerable. Ella da pequeños toques en el culo a los estudiantes para que se sienten, pero es complicado. Los chavales están absorbidos por batallas de cálculo mental. Por parejas, y con una tableta electrónica como tablero, los estudiantes juegan a ver quién pulsa antes el resultado correcto de una operación matemática. La concentración es total, están en una burbuja. Al final de la partida, el ganador lo celebra y el perdedor mira el cronómetro y pide la revancha. A pesar del vocerío, en ningún momento el aula se descontrola: «Nadie se estresa porque saben que pasarán por todas las actividades», dice la directora. La actividad de matemáticas es un juego de mesa.

Javier, de pelo cano, hace de trilero en el grupo de al lado. Es padre de dos alumnos del colegio y viene desde que está en paro: «Vamos a complicarlo un poquito. Hay que asegurar que el camión rojo pueda salir». Javier orquesta un ejercicio de geometría espacial. Los alumnos deben conseguir que el camión rojo salga del parking moviendo otros coches de lugar. «Ahora tú, Jasmín», le dice una niña a otra. «Así, entre todos. ¡Sois unos cracks!». Javier se levanta y propone un choque de manos, y los estudiantes responden felices.

«Nosotros estamos sabiendo lo que pesa un boli», cuenta Mohamed, ajustándose las gafas al entrecejo. En su grupo tratan de adivinar el gramaje de varios objetos y luego lo comprueban con una balanza de las de pesos. Hace tres años que Mohamed viene a este colegio: «El profesor de mi anterior escuela no era bondadoso, nos ponía a mi amigo y a mí en dos esquinas de la clase y estábamos muy distanciados. Yo solo quería ayudarle porque es mi amigo».

Sin pretenderlo, Mohamed acaba de señalar una de las claves del Joaquim Ruyra: el aprendizaje dialógico. «Si no entiendes un ejercicio, ¿quién te lo va a explicar mejor?», me pregunta la directora. «¿El profesor, el libro, o un compañero? Siempre es mejor que te lo explique un igual. Por eso aquí funcionamos al revés: si hay silencio en clase es que algo va mal».

Hago recuento. En mi lista de particularidades están las puertas abiertas, la charla como método y un ambiente parecido al de un club de juegos de mesa, concentrado y relajado a partes iguales. Además, las paredes están llenas de chuletas, «referentes» que crean los alumnos y que les ayudan a retener trucos de decimales y acentos. Para Mohamed, esta escuela es como su casa: «Solo que en vez de hacer lo que yo quiero, tengo que hacer cosas que me piden. Y esas cosas son divertidas».

A última hora una escena insólita ingresa en la lista. Mientras la maestra de segundo se dirige a los alumnos, otro maestro irrumpe y pregunta a viva voz: «¿Cómo se dice luciérnaga en catalán?». «Cuca de llum», dice ella, «¡cuca de llum!», corean todos. «¡Uau! No lo sabía, muchas gracias».

Miquel, el jefe de estudios, aprovecha para comentar que «la clase magistral está obsoleta», y que lo que acabo de ver es otra estrategia del colegio. «Evidenciamos a propósito nuestro desconocimiento y la búsqueda de soluciones.Antes los profesores eran eruditos que leían más que el resto de la población. Quedaba muy mal hacerle según qué preguntas o demostrar desconocimiento. Ahora estamos en la sociedad de la información».

Miquel asegura que alguna vez ha sacado el móvil en clase para buscar algo, a modo de diccionario o de enciclopedia. «¿Por qué no?». Me quedo pensativa y anoto la siguiente ecuación: «No saber -> vergüenza -> no aprender. ¿Cuántas veces nos pasa?».

Hace una década que este colegio, construido en 1974, tenía que haberse tirado abajo. La crisis provocó la suspensión del nuevo proyecto arquitectónico y el viejo edificio sigue entre la vía, los Bloques Florida y los coches patrulla de los Mossos, que casi forman parte del paisaje del barrio. Los bloques son viviendas sociales levantadas durante el franquismo. Hasta el cambio de siglo, estuvieron habitadas mayoritariamente por familias gitanas.

«En el año 2000 teníamos 15 chavales de origen extranjero; en 2016 el porcentaje se invirtió y ahora tenemos 15 nacionales, uno o dos por clase», dice Raquel. Pero el cambio demográfico no fue el detonante de la transformación del centro, sino la movilidad de los alumnos. «Si haces una foto al principio de curso y al final, no parece la misma clase. Tenemos una movilidad del 40%. A esto lo llaman escuela autobús, los alumnos entran y salen».

Los desahucios, los cambios de domicilio y el retorno al país de origen son los motivos más habituales. «Muchas familias vuelven porque aquí les va mal», cuenta Miquel mientras recorta unos papeles diminutos en la sala de profesores. «Es lo que tenemos y con eso trabajamos», zanja la directora con un optimismo marcial, sorbiendo un vaso de agua. «Buscamos la excelencia, la buena convivencia y la integración. Las quejas, fuera». Luis, tutor de sexto, comenta: «Tengo amigos policías que me dicen que este colegio es un oasis. La Florida es uno de los barrios más conflictivos de Barcelona».

Hace poco menos de una década, Raquel y Miquel iniciaron un curso de formación de un año con un asesor del Departamento de Educación de la Generalitat. Al finalizarlo supieron que el sistema con el que soñaban existía y tenía nombre: comunidad de aprendizaje. Están tan entusiasmados que se pisan al hablar. Se convierten en alumnos revoltosos e impacientes por contar lo que saben sobre este método de enseñanza.

«El secreto de los nórdicos es que los maestros trabajan como médicos. Es decir, leen estudios y revistas científicas», dice Miquel. «Mira, en educación se estila mucho el postureo», corta ella. «Pongo un sofá de Ikea, dejo que entren a clase a su ritmo y hala, ya soy innovador. No va de eso. Nosotros nos basamos en evidencias, no en ocurrencias». Miquel remata: «No quieres que tu dentista te saque una muela con un método de hace 30 años. Quieres lo más moderno y que esté avalado por la ciencia».

El jefe de estudios termina de recortar los misteriosos papelitos y me pide que le acompañe. «¡Bieeeen!», se oyen gritos de eureka. Cinco niñas de tercero están de pie alrededor del grupo de mesas, observando con fascinación el movimiento de una mariquita amarilla. La mariquita es un robot. «¿Cómo funciona?», pregunto. «Tenemos que decir las partes del sistema respiratorio por como entra el aire, y decirle a la mariquita que vaya», responde Jenifer. Sobre la mesa hay un tablero transparente fabricado por el equipo de profesores. Las cuadrículas pueden llenarse con cualquier cosa, como fichas con términos del sistema respiratorio. «¿Qué viene después de los pulmones?», pregunta Marta a su compañera Azra. «¡Los bronquios!», contesta ella. Azra mueve los dedos sobre el lomo de la mariquita y pulsa las coordenadas para que avance sobre las casillas: «Un, dos, tres, giro a la derecha, uno y dos», dice con un dedo sobre los labios. Cuando Azra aprieta OK, el robot se mueve lentamente hacia donde los bronquios, y si el cálculo es correcto,«¡bieeeeen!».

En este colegio se utilizan libros convencionales, pero también recursos digitales, objetos manipulables y debates. La mariquita me parece un insecto educativo fascinante. Consigue que los alumnos aprendan la lección de naturales, a calcular y programar, también practican la expresión oral y se estimulan mutuamente. Aunque hay liderazgos, todas las niñas se sienten parte del grupo.

El colegio Joaquim Ruyra será innovador, pero desde luego no es hippie según la acepción anárquica del término. Se parece más a un reloj suizo. De hecho, los papelitos que Miquel reparte entre los profesores son horarios de bolsillo. «Es mi sudoku. Cada semana hacemos un esfuerzo muy grande para gestionar los recursos humanos y ahorrar. Tenemos robots, pero porque fabricamos muchos materiales. ¡Nuestros ordenadores son donativos que llegaron desde Madrid!».

Por un error administrativo, el Joaquim Ruyra cuenta con cinco profesores menos de los que le tocarían. «Somos la única escuela del barrio que no está calificada como de máxima complejidad. Llevamos tres años quejándonos al Departament. Con esos refuerzos haríamos virguerías».

Durante la última evaluación externa de sexto de primaria que realiza la Generalitat, el porcentaje de estudiantes del Joaquim Ruyra con nivel alto sobrepasó con creces la media catalana. Según datos del Departament d’Ensenyament, un 55,2% de los alumnos este centro tienen un nivel alto de catalán, cuando la media de nivel alto en esta asignatura es del 25%. En lengua castellana, los alumnos con nivel alto del Ruyra llegan al 39,3% (la media es de 20,8%). En inglés, el 32,1% contra 24% y en matemáticas se alcanza un porcentaje prodigioso (un 58,7% contra un 30,6% de media).

Carme Ortoll, Directora General de Educación Infantil y Primaria de la Generalitat, dice que las comunidades de aprendizaje catalanas mantienen sus resultados académicos, y que algunas, como el Joaquim Ruyra, mejoran en algunas competencias: «En matemáticas es donde la mejora es más evidente».

Joaquim Prats, catedrático de Didáctica de las Ciencias Sociales en la Universidad de Barcelona, opina que este centro es atípico: «Visito muchos colegios y para mí ha sido especialmente llamativo. Los resultados del Ruyra deberían ubicarse en el lado bajo de la tabla y se sitúan donde están los colegios de las familias bien de Barcelona».

Prats, que también es ex presidente del Consejo Superior de Evaluación del Sistema Educativo de Cataluña, cree que el Joaquim Ruyra refuta una teoría consolidada en el mundo educativo, a saber: en los resultados académicos de un niño pesa más la familia que la escuela. «No creo que un colegio pueda imitarse, pero sí creo que deberíamos aprender de éste», dice Prats. «Sobre todo los centros con dificultades donde los maestros ya se han resignado».

Más rarezas para mi lista: en este colegio adoran las inspecciones y los exámenes. «Puede parecer extraño, pero la evaluación es fundamental para nosotros», comenta Raquel. Aunque «no son disidentes» y ponen las notas que manda la Administración, también han instaurado una evaluación interna «que es la que los niños viven». Al parecer estos exámenes propios se viven como premios, porque es cuando los alumnos son evaluados individualmente. «Después de muchos grupos interactivos, toca medir los niveles de competencias. Uno debe de ser consciente de su propio proceso de aprendizaje».

Último día. En la clase de quinto, un grupo de niños trabaja para calcular el área de un triángulo. La escena recuerda a los boxes de la Fórmula 1. Uno escribe en la pizarra blanca, otro señala un folio, otro borra con un trapo los cálculos antiguos. Actúan con pasión y velocidad, se dan órdenes matemáticas, como si tuvieran que ganar una carrera. El cronómetro marca ocho minutos.

Cuando terminan con éxito la operación, Chirine, la niña que escribe en la pizarra, define su colegio: «Este cole tiene una forma expertísima de trabajar, que es interactuar y ayudar a los otros. Antes éramos solitarios. Aquí podemos ayudar hasta a los padres, porque a lo mejor sabemos cosas que ellos ya han olvidado».

El milagro del Joaquim Ruyra no sería posible sin una realidad que no tiene que ver con notas ni rendimientos. Han conseguido que muchos padres hagan de voluntarios en los grupos interactivos (un 25% de los voluntarios son familiares directos, unos 100). Pero sobre todo han conseguido que en el barrio sientan que la escuela les pertenece, que no sean tímidos ni se sientan evaluados al cruzar el umbral de la puerta del aula.

«Siempre hemos visto al profesor como un mini demonio. Pensábamos que eran enemigos, y en realidad podemos hablar con ellos aunque tengan una carrera y nosotros nada». Maica es una de las voluntarias más conocidas del colegio. Su familia, que es «mezcla» pero siempre ha vivido con los gitanos, nunca se llevó bien con los maestros de la anterior escuela de su hijo Vicente, que era concertada por falta de plazas en la pública: «Tenía problemas. Al menos ahora lo que aprende, lo entiende».

Jubilados, vecinos y jóvenes ex alumnos entran y salen del vestíbulo del colegio con naturalidad, como si fuera una plaza. Se quedan el rato que les viene bien.«Nunca podemos decir a un voluntario que hoy no le necesitamos, porque si no, no vuelve. Tampoco hay requisitos ni un perfil», asegura Raquel. De hecho, hay voluntarios que son ex toxicómanos y analfabetos.

¿Qué pasa si, por ejemplo, un voluntario no sabe dividir? Raquel tiene una respuesta para aquellos que dudan, que al principio son muchos: «¿Tú le dices a tu niño que no haga los deberes en tu casa porque no te acuerdas de dividir? No, le preparas un sitio tranquilo y vigilas que lo haga limpio, te aseguras de que trabaje. Eso es dinamizar». ¿Y si un voluntario se equivoca al enseñar una lección? «¡Mejor!», batea Raquel. «Los niños se matan para argumentar su postura. En ese momento, la lección hace ¡clac!, no la olvidan jamás, la asimilan para siempre». Maica lo confirma: «¿Que me he equivocado? Ellos se motivan y a mí me va bien».

Paulatinamente, las interacciones entre la gente del barrio y los alumnos dentro del aula generan una especie de transformación social por un efecto espejo. Primero la escuela se abre a los padres, después la gente la hace suya y luego el barrio termina autoeducándose. De alguna forma, muchos voluntarios cambian la percepción de sí mismos.

Maica, por ejemplo, se siente mejor desde que es voluntaria: «Veo que puedo ayudar en otras cosas. Antes pasaba más, ahora en el barrio me conoce todo el mundo». María del Mar, con los ojos un poco llorosos, lo toma casi como una terapia: «Los niños te amansan un montón. El día a día es duro, estás quemadita, pero vienes aquí y todo cambia, ves que eres importante para ellos. Y los directores dan ternura, aquí dan ternura». Raquel sintetiza: «Para la convivencia en el barrio, este colegio es más efectivo que 20 lecheras de los Mossos.Algunos voluntarios no cambian su conducta en la calle si ven un coche de la policía, pero si ven a los niños, sí. No les decimos que son referentes, lo ven ellos mismos».

Los prejuicios y los roles también se debilitan. Un ejemplo ocurrió hace poco. Dimitri, un joven ex alumno que ahora va al instituto, se presentó para hacer de voluntario varios días seguidos, hasta que se confesó: «Profe, es que me han echado». «Lo habían expulsado. En vez de irse a fumar al parque, viene y se pone en serio», dice Miquel.

Esto es precioso, le digo al jefe de estudios. «Un milagro, ¿no?», contesta él. «Tenemos muchos conflictos, pero los solucionamos de la misma forma que les exigimos a los alumnos, con diálogo igualitario. Yo no puedo expulsar a tu hijo diciéndote que ha cometido tres faltas y que ésa es la normativa. Las familias saben que estamos aquí para ayudarles, por eso ellos también están. ¡Incluso nos traen las cartas del banco o de Hacienda!».

Enric es maestro jubilado. Durante 40 años ha enseñado en la escuela pública de L’Hospitalet y ahora es voluntario del Joaquim Ruyra. Se toma su tiempo para decir qué diferencia a este centro de otros. «Esto nunca se reconoce, pero diré la paz social. Este colegio aporta tranquilidad».

El Joaquim Ruyra, en realidad, no parece un colegio. No he visto ningún empujón, colleja o burla; tampoco se percibe esa fuerza de contención que impera en muchos centros. De hecho, cuando suena el timbre que anuncia la hora del patio, los de quinto ni se inmutan, quieren terminar de valorar la actividad con su tutor. En el pasillo no hay hordas saliendo en tropel.

Dijo Raquel que se trataba de la cantidad justa de azúcar. Precisamente, la sensación es la de estar en una gran fábrica de chocolate donde todo funciona con unas normas estrictas que todos siguen por su propio placer. Los alumnos son receptores y reproductores de un método que entienden y disfrutan. «Cualquiera que se sienta mal en otro colegio puede venir, les gustaría hasta dormir aquí. Para mí esta escuela es como Marruecos, donde siempre voy y vuelvo», dice Chirine.

Según la web de las comunidades de aprendizaje, en España hay 209 centros que siguen este sistema, con especial éxito en Andalucía, Castilla-La Mancha y en Cataluña, donde cada año de dos a tres centros educativos se suman. «Yo estoy enamorado de esto. Creo que este sistema podría cambiar la educación de todo el país, también la universidad», dice Luis, tutor de sexto. «Funciona en favelas de Brasil y en escuelas de élite de EEUU y del País Vasco. No depende de los recursos».

Pero no todo el sector educativo opina lo mismo. Cuando se publicaron los resultados que trajeron la fama a este colegio, arreciaron las críticas. «En el foro de la USTEC, el sindicato de Ensenyament, lo cuestionaban todo. Decían que teníamos más maestros y menos alumnos, lo cual no sólo es falso, sino que es al revés: tenemos menos profesores de los que nos tocarían y una ratio de 25-36 alumnos por clase. Todos callaban cuando les decía que vinieran a verlo», dice Luis.

Las comunidades de aprendizaje han sido avaladas por la Comisión Europea a través del proyecto Includ-ED, y se han publicado estudios sobre ellas en revistas de Cambridge y Harvard, pero hay quien duda de que la base científica a la que aluden sus promotores sea tan evidente. El catedrático de Sociología Mariano Fernández Enguita cree que los procedimientos de investigación de los grupos académicos que las defienden, como el CREA, son superficiales y sesgados. Luis cree que el rechazo viene del miedo: «Hay muchos profesionales que no están dispuestos a salir de su zona de confort y prefieren no romper con los patrones y dogmas. Es desconocimiento y es miedo. Y te voy a ser sincero: esto implica mucho trabajo. En vez de preparar una clase, tienes que diseñar cuatro actividades de 20 minutos».

Más allá del escepticismo y las críticas que las comunidades de aprendizaje puedan generar, es pertinente preguntarse quiénes pueden verse amenazados por un colegio de élite ubicado en medio de un polvorín, un gueto, tal como lo llaman algunos de sus vecinos.

Miquel y Raquel se despiden invitando a los lectores a visitar el centro: «Eso sí, tendrán que hacer de voluntarios», dice el jefe de estudios con el dedo en alto, y añade una última reflexión: «Lo que nos obsesiona no es enseñar, sino que los alumnos aprendan. No es lo mismo, si lo piensas bien».

Para ser un milagro, del Joaquim Ruyra se sale creyendo menos en lo divino que en lo humano.

TDAH: ¿qué dicen los médicos?

Ante la cantidad de personas que se estaban forrando el riñón con el asunto TDAH (algunos psicólogos y psicólogas psicoanalistas con local privado, clínicas privadas, paisanos de todo tipo que lo curaban de mil y un maneras diferentes e incluso algún médico de la seguridad social) y teniendo en cuenta que no existe ninguna prueba de ningún tipo que demuestre la existencia de tal trastorno, decidí ponerme en contacto con ¿un médico? Noooo, no sería válida la opinión de una persona en una cuestión tan importante, así que decidí escribir al colegio de médicos de Navarra para que, como docente, me informaran de qué puedo hacer ante la marabunta de niños y niñas diagnosticados que hacen que mis clases de ciencias se conviertan en un predicar en el desierto. Les envié el siguiente mail:

Hola, buenos días

Mi nombre es Iñaki Redín Eslava y ya os he escrito en un par de ocasiones. Son profesor de ciencias de instituto y estoy escribiendo un libro sobre drogas y estudiantes. También formo parte de una asociación de reciente creación denominada “Docentes Desconcertados”, que agrupa hasta la fecha a más de un centenar de profesores de todos los centros de Navarra, públicos y concertados, que entendemos que no se están haciendo las cosas bien en esta cuestión. Necesito saber la opinión oficial de la medicina acerca del TDAH, porque a nosotros los docentes nos cuesta creer que haya ahora mismo más de 6. 000 niños con este diagnóstico, en cifras de 2015. Tenemos la impresión de que alguien está confundiendo actitudes propias de la infancia como suspender, atender a ratos o gritar de aburrimiento, y los está patologizando. También hemos visto el test snap IV que cuelga de la web del Creena y que sirve como única herramienta diagnóstica y nos cuesta creer que eso sea suficiente aval como para prescribir a niños cada vez más pequeños (de cuatro años en adelante) a ingerir una sustancia tan peligrosa con lo es el metilfenidato.

He intentado que me dieseis una respuesta colegiada, como creo que es vuestra obligación. Porque las personas a las que represento como “Docentes Desconcertados” yo y mismo estamos profundamente preocupados por la deriva que están tomando los acontecimientos.
Me gustaría una respuesta científica, razonada y de calidad, a la altura de un Colegio de Médicos, pero no voy a esperar eternamente; la no respuesta en un plazo razonable es ya en sí misma una respuesta, y no precisamente la mejor.
Por esta razón, les ruego que de una vez por todas digan a la ciudadanía qué es el TDAH y porqué en Navarra es una epidemia que afecta a más de seis mil niños en números de hace dos años.
 
Gracias de antemano y un respetuoso saludo
Iñaki Redín Eslava
Profesor de ciencias desconcertado
La respuesta tardó veinte días en llegar y como sé que no os la vais a creer, he decidido colocar un jpg de la misma:
Esta es la opinión oficial de los médicos y médicas navarros. Creo que está todo dicho y sobra cualquier comentario.
¿Sabéis a qué me recuerda esta postura de los médicos en su conjunto, salvando las distancias?… Leed este cómic y luego hablamos.

El valor de no cambiar

Tengo un amigo que vota a su partido de toda la vida, haga lo que haga.

A pesar de que dicho partido, al que llamaremos XYZ, cuando ha tocado poder haya cometido las mil y una traiciones a su programa y a su ideario por el beneficio personal de sus socios fundadores, mi amigo, erre que erre, les seguirá votando. No es capaz de deslizarme más excusa que la de “es que si no les voto yo ¿quién les va a votar?” Mi amigo es una de las personas más justas que conozco y además de buenísima persona, no tiene ni un pelo de tonto. Pero para él, cambiar el sentido de su voto le convertiría en algo muy feo: en un veleta o chaquetero.

Otro amigo, tan buenísima persona, inteligente y capaz como el anterior, es un votante de “toda la vida” a otro partido diferente, el UVW, partido al que incluso ha colaborado a hacerse grande. Tanto él como prácticamente toda su familia, votan a dicho partido desde que se ha podido votar. UVW ha tenido sus más y sus menos en un tiempo atrás; pero un pasado no muy claro no ha sido óbice para continuar con el voto en el mismo sentido. Hace poco mi amigo fue expulsado del cargo que ocupaba de muy mala manera, sin explicaciones ni porqués, como se despide a un empleado al que han pillado robando. A mi amigo, que tuvo que hacer piruetas con su vida de siempre para aceptar dicho cargo, este despido le hizo polvo tanto en lo profesional como en lo personal, a dos años de su jubilación.

Hace poco le pregunté si seguiría votando a un partido como ese que le había hecho tanto daño. Y su respuesta, que me dejó helado, fue esta:

No… No lo sé… .

Conozco también a decenas de amigos y no tan amigos que han incumplido todos y cada uno de los preceptos de la iglesia católica a la que decían pertenecer. Cuando les preguntas de qué religión son te dicen con orgullo que son católicos; y si les haces ver que no tiene demasiado sentido pertenecer a una comunidad de la que no respetan ninguna de sus normas, te sonríen y cambian la conversación.

No cambiar, ¿en qué nos convierte?

¿Por qué somos tan contumaces? Porque, al parecer, no hay nada más feo que ser un veleta. Ser un tipo que esté cambiando constantemente de opinión, por supuesto que es un horror. Pero el problema está en que como odiamos tanto a los chaqueteros, nos hemos ido al otro extremo del espectro y por no cambiar, no cambiamos ni la hora del reloj aunque esté equivocada.

No cambiamos de equipo de fútbol aunque sean unos tarugos y no ganen ni a las tabas. Estas personas tratan de traidores a los futbolistas que cambian de equipo porque mejoran sus condiciones económicas. Y todas las burradas y escándalos punibles que haga nuestro grupo de pop favorito (estoy pensando en grupos como los británicos Oasis) nos parecerán pequeñas travesuras y seguiremos comprando sus disco y defendiéndoles como si fueran colegas, aunque esté clarísimo que no se trate más que de unos borrachos ignorantes y sin educación que plagian a los Beatles.
Ese “tira p´alante, aunque se ahorque” es también la razón que nos impide dialogar; porque cuando hablamos con otra persona sobre cualquier asunto, no lo hacemos con el ánimo de averiguar la verdad sino que lo que queremos es tener razón, a cualquier precio, aunque sea mintiendo.
Curiosamente, al parecer, casi todas las personas estamos de acuerdo en que las cosas deben cambiar, que no se puede estar como estamos, con un paro bestial y una pobreza y diferencias salariales tan extremas, con una caída en picado de las prestaciones sociales y un presupuesto ridículo para sanidad y educación, con un i+d inexistente, etcétera.

En fin, que esto tiene que cambiar. Pero es imposible que cambie nada si ese cambio no empieza por nosotros mismos, si permanecemos porfiados y tenaces en mantener un error.
El cambio empieza en uno mismo.