El valor de no cambiar

Tengo un amigo que vota a su partido de toda la vida, haga lo que haga.

A pesar de que dicho partido, al que llamaremos XYZ, cuando ha tocado poder haya cometido las mil y una traiciones a su programa y a su ideario por el beneficio personal de sus socios fundadores, mi amigo, erre que erre, les seguirá votando. No es capaz de deslizarme más excusa que la de «es que si no les voto yo ¿quién les va a votar?» Mi amigo es una de las personas más justas que conozco y además de buenísima persona, no tiene ni un pelo de tonto. Pero para él, cambiar el sentido de su voto le convertiría en algo muy feo: en un veleta o chaquetero.

Otro amigo, tan buenísima persona, inteligente y capaz como el anterior, es un votante de «toda la vida» a otro partido diferente, el UVW, partido al que incluso ha colaborado a hacerse grande. Tanto él como prácticamente toda su familia, votan a dicho partido desde que se ha podido votar. UVW ha tenido sus más y sus menos en un tiempo atrás; pero un pasado no muy claro no ha sido óbice para continuar con el voto en el mismo sentido. Hace poco mi amigo fue expulsado del cargo que ocupaba de muy mala manera, sin explicaciones ni porqués, como se despide a un empleado al que han pillado robando. A mi amigo, que tuvo que hacer piruetas con su vida de siempre para aceptar dicho cargo, este despido le hizo polvo tanto en lo profesional como en lo personal, a dos años de su jubilación.

Hace poco le pregunté si seguiría votando a un partido como ese que le había hecho tanto daño. Y su respuesta, que me dejó helado, fue esta:

No… No lo sé… .

Conozco también a decenas de amigos y no tan amigos que han incumplido todos y cada uno de los preceptos de la iglesia católica a la que decían pertenecer. Cuando les preguntas de qué religión son te dicen con orgullo que son católicos; y si les haces ver que no tiene demasiado sentido pertenecer a una comunidad de la que no respetan ninguna de sus normas, te sonríen y cambian la conversación.

No cambiar, ¿en qué nos convierte?

¿Por qué somos tan contumaces? Porque, al parecer, no hay nada más feo que ser un veleta. Ser un tipo que esté cambiando constantemente de opinión, por supuesto que es un horror. Pero el problema está en que como odiamos tanto a los chaqueteros, nos hemos ido al otro extremo del espectro y por no cambiar, no cambiamos ni la hora del reloj aunque esté equivocada.

No cambiamos de equipo de fútbol aunque sean unos tarugos y no ganen ni a las tabas. Estas personas tratan de traidores a los futbolistas que cambian de equipo porque mejoran sus condiciones económicas. Y todas las burradas y escándalos punibles que haga nuestro grupo de pop favorito (estoy pensando en grupos como los británicos Oasis) nos parecerán pequeñas travesuras y seguiremos comprando sus disco y defendiéndoles como si fueran colegas, aunque esté clarísimo que no se trate más que de unos borrachos ignorantes y sin educación que plagian a los Beatles.
Ese «tira p´alante, aunque se ahorque» es también la razón que nos impide dialogar; porque cuando hablamos con otra persona sobre cualquier asunto, no lo hacemos con el ánimo de averiguar la verdad sino que lo que queremos es tener razón, a cualquier precio, aunque sea mintiendo.
Curiosamente, al parecer, casi todas las personas estamos de acuerdo en que las cosas deben cambiar, que no se puede estar como estamos, con un paro bestial y una pobreza y diferencias salariales tan extremas, con una caída en picado de las prestaciones sociales y un presupuesto ridículo para sanidad y educación, con un i+d inexistente, etcétera.

En fin, que esto tiene que cambiar. Pero es imposible que cambie nada si ese cambio no empieza por nosotros mismos, si permanecemos porfiados y tenaces en mantener un error.
El cambio empieza en uno mismo.

 

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