El colegio “milagro” que revoluciona la educación en España

Origen: ELMUNDO

El Joaquim Ruyra desafía todos los dogmas del sistema educativo: está en un barrio conflictivo, el 92% de los alumnos son extranjeros… y aún así logra mejores resultados que muchos colegios de élite.

Visitamos sus aulas para descubrir la receta de su buena educación. El primer mandamiento: “Si hay silencio en clase es que algo va mal”.

Nada más entrar en clase ocurre algo insólito: nada. El aula de quinto de primaria está abarrotada pero nadie me presta la más mínima atención. Doy algunos pasos entre las mesas, me asomo al centro de un grupo de alumnos, pero ninguno levanta la vista. Me ven, pero me ignoran. En mis tiempos, y en otros colegios, cualquier persona, animal o cosa que se manifieste en la puerta de un aula se convierte de forma instantánea en la mejor escapatoria.

Hace tres meses un nuevo milagro atrae peregrinos a uno de los barrios más pobres del área metropolitana de Barcelona. Curiosos, estudiantes de magisterio, académicos y comitivas institucionales se desplazan semanalmente hasta La Florida, en L’Hospitalet de Llobregat, para visitar el prodigioso colegio Joaquim Ruyra. Yo soy uno de esos peregrinos.

Todo empezó cuando se hicieron públicos algunos de los resultados de las pruebas de competencias básicas que realiza la Generalitat. Los datos revelaron que el nivel académico de los alumnos de primaria de este centro público está muy por encima de la media. En algunas materias supera incluso el de los colegios privados de más prestigio de Cataluña. Lo llamaron «milagro educativo».

«El 92% de nuestros alumnos son de origen extranjero y más del 95% reciben una beca de comedor. Se supone que estos resultados no salen de un barrio como éste. Se supone», dice risueño Miquel Charneco, el jefe de estudios. «Todo el mundo nos pregunta lo mismo», continúa Raquel García, la directora del centro, «que cómo lo hacemos y que dónde está el truco. Nosotros les decimos que no hay truco, sólo la medida justa de azúcar, y les invitamos a verlo».

Durante tres días observaré de cerca este colegio. Elaboraré una lista de particularidades, una especie de recetario o cuaderno de rarezas, según se mire.

En primer lugar, todas las aulas tienen las puertas abiertas y desde el pasillo se oye un runrún de voces. Antes de cruzar el umbral de la clase de quinto veo un niño sikh con el moño tradicional en la frente, una niña negra altísima y un chaval con cenefas en el cuero cabelludo. De repente me asalta una timidez infantil. Una clase, o lo que muchos entendemos por ella, es uno de los espacios más solemnes a los que uno puede enfrentarse. Sin importar la edad, siempre revive el miedo a ser observado, evaluado.

Los alumnos de quinto curso están divididos en cuatro grupos. Deben realizar cuatro actividades distintas de 20 minutos de duración. Éste es el tiempo que, según el equipo directivo, son capaces de mantener una concentración óptima. De modo que la clase de matemáticas durará dos horas. Cada equipo realizará cuatro actividades relacionadas con la asignatura. Los grupos interactivos, así se llama este sistema, es como funcionan aproximadamente el 60% de las horas lectivas en el Joaquim Ruyra.

Como herramientas de apoyo están el cronómetro digital colgado en la pared y cuatro adultos, uno en cada conjunto de mesas. «Hoy tenemos dos voluntarios, un lujo», apunta Raquel, la directora. «Siempre garantizamos que haya al menos dos adultos por clase, el tutor y un maestro de apoyo, luego jugamos con los voluntarios».

Esta es una de las pocas rebeliones formales del centro: los maestros de educación especial y del aula de acogida se integran en la clase ordinaria. «Al segregar a los alumnos la autoestima bajaba en picado», dice Raquel. «Es como una escuela de idiomas en la que tus compañeros no saben nada y no quieres hablar con tu profesor. Les dábamos un cuaderno especial que terminaba sirviendo de excusa cuando algo les parecía difícil: ‘¡Profe, es que soy del aula de acogida!’».

Sadaf es madre voluntaria, procede de Pakistán y hace 17 años que vive en el barrio. Se pasea alrededor de su grupo con un sari perfumado, mirada exigente y los brazos cruzados. «En este colegio puedes saber qué hacen los niños en clase. ¿Cuántos padres lo saben realmente?». Madre y tía de varios alumnos del Joaquim Ruyra, viene cada semana. «A otras familias de mi país les gusta que venga, y a mí también».

El alboroto que arma el grupo de Sadaf es considerable. Ella da pequeños toques en el culo a los estudiantes para que se sienten, pero es complicado. Los chavales están absorbidos por batallas de cálculo mental. Por parejas, y con una tableta electrónica como tablero, los estudiantes juegan a ver quién pulsa antes el resultado correcto de una operación matemática. La concentración es total, están en una burbuja. Al final de la partida, el ganador lo celebra y el perdedor mira el cronómetro y pide la revancha. A pesar del vocerío, en ningún momento el aula se descontrola: «Nadie se estresa porque saben que pasarán por todas las actividades», dice la directora. La actividad de matemáticas es un juego de mesa.

Javier, de pelo cano, hace de trilero en el grupo de al lado. Es padre de dos alumnos del colegio y viene desde que está en paro: «Vamos a complicarlo un poquito. Hay que asegurar que el camión rojo pueda salir». Javier orquesta un ejercicio de geometría espacial. Los alumnos deben conseguir que el camión rojo salga del parking moviendo otros coches de lugar. «Ahora tú, Jasmín», le dice una niña a otra. «Así, entre todos. ¡Sois unos cracks!». Javier se levanta y propone un choque de manos, y los estudiantes responden felices.

«Nosotros estamos sabiendo lo que pesa un boli», cuenta Mohamed, ajustándose las gafas al entrecejo. En su grupo tratan de adivinar el gramaje de varios objetos y luego lo comprueban con una balanza de las de pesos. Hace tres años que Mohamed viene a este colegio: «El profesor de mi anterior escuela no era bondadoso, nos ponía a mi amigo y a mí en dos esquinas de la clase y estábamos muy distanciados. Yo solo quería ayudarle porque es mi amigo».

Sin pretenderlo, Mohamed acaba de señalar una de las claves del Joaquim Ruyra: el aprendizaje dialógico. «Si no entiendes un ejercicio, ¿quién te lo va a explicar mejor?», me pregunta la directora. «¿El profesor, el libro, o un compañero? Siempre es mejor que te lo explique un igual. Por eso aquí funcionamos al revés: si hay silencio en clase es que algo va mal».

Hago recuento. En mi lista de particularidades están las puertas abiertas, la charla como método y un ambiente parecido al de un club de juegos de mesa, concentrado y relajado a partes iguales. Además, las paredes están llenas de chuletas, «referentes» que crean los alumnos y que les ayudan a retener trucos de decimales y acentos. Para Mohamed, esta escuela es como su casa: «Solo que en vez de hacer lo que yo quiero, tengo que hacer cosas que me piden. Y esas cosas son divertidas».

A última hora una escena insólita ingresa en la lista. Mientras la maestra de segundo se dirige a los alumnos, otro maestro irrumpe y pregunta a viva voz: «¿Cómo se dice luciérnaga en catalán?». «Cuca de llum», dice ella, «¡cuca de llum!», corean todos. «¡Uau! No lo sabía, muchas gracias».

Miquel, el jefe de estudios, aprovecha para comentar que «la clase magistral está obsoleta», y que lo que acabo de ver es otra estrategia del colegio. «Evidenciamos a propósito nuestro desconocimiento y la búsqueda de soluciones.Antes los profesores eran eruditos que leían más que el resto de la población. Quedaba muy mal hacerle según qué preguntas o demostrar desconocimiento. Ahora estamos en la sociedad de la información».

Miquel asegura que alguna vez ha sacado el móvil en clase para buscar algo, a modo de diccionario o de enciclopedia. «¿Por qué no?». Me quedo pensativa y anoto la siguiente ecuación: «No saber -> vergüenza -> no aprender. ¿Cuántas veces nos pasa?».

Hace una década que este colegio, construido en 1974, tenía que haberse tirado abajo. La crisis provocó la suspensión del nuevo proyecto arquitectónico y el viejo edificio sigue entre la vía, los Bloques Florida y los coches patrulla de los Mossos, que casi forman parte del paisaje del barrio. Los bloques son viviendas sociales levantadas durante el franquismo. Hasta el cambio de siglo, estuvieron habitadas mayoritariamente por familias gitanas.

«En el año 2000 teníamos 15 chavales de origen extranjero; en 2016 el porcentaje se invirtió y ahora tenemos 15 nacionales, uno o dos por clase», dice Raquel. Pero el cambio demográfico no fue el detonante de la transformación del centro, sino la movilidad de los alumnos. «Si haces una foto al principio de curso y al final, no parece la misma clase. Tenemos una movilidad del 40%. A esto lo llaman escuela autobús, los alumnos entran y salen».

Los desahucios, los cambios de domicilio y el retorno al país de origen son los motivos más habituales. «Muchas familias vuelven porque aquí les va mal», cuenta Miquel mientras recorta unos papeles diminutos en la sala de profesores. «Es lo que tenemos y con eso trabajamos», zanja la directora con un optimismo marcial, sorbiendo un vaso de agua. «Buscamos la excelencia, la buena convivencia y la integración. Las quejas, fuera». Luis, tutor de sexto, comenta: «Tengo amigos policías que me dicen que este colegio es un oasis. La Florida es uno de los barrios más conflictivos de Barcelona».

Hace poco menos de una década, Raquel y Miquel iniciaron un curso de formación de un año con un asesor del Departamento de Educación de la Generalitat. Al finalizarlo supieron que el sistema con el que soñaban existía y tenía nombre: comunidad de aprendizaje. Están tan entusiasmados que se pisan al hablar. Se convierten en alumnos revoltosos e impacientes por contar lo que saben sobre este método de enseñanza.

«El secreto de los nórdicos es que los maestros trabajan como médicos. Es decir, leen estudios y revistas científicas», dice Miquel. «Mira, en educación se estila mucho el postureo», corta ella. «Pongo un sofá de Ikea, dejo que entren a clase a su ritmo y hala, ya soy innovador. No va de eso. Nosotros nos basamos en evidencias, no en ocurrencias». Miquel remata: «No quieres que tu dentista te saque una muela con un método de hace 30 años. Quieres lo más moderno y que esté avalado por la ciencia».

El jefe de estudios termina de recortar los misteriosos papelitos y me pide que le acompañe. «¡Bieeeen!», se oyen gritos de eureka. Cinco niñas de tercero están de pie alrededor del grupo de mesas, observando con fascinación el movimiento de una mariquita amarilla. La mariquita es un robot. «¿Cómo funciona?», pregunto. «Tenemos que decir las partes del sistema respiratorio por como entra el aire, y decirle a la mariquita que vaya», responde Jenifer. Sobre la mesa hay un tablero transparente fabricado por el equipo de profesores. Las cuadrículas pueden llenarse con cualquier cosa, como fichas con términos del sistema respiratorio. «¿Qué viene después de los pulmones?», pregunta Marta a su compañera Azra. «¡Los bronquios!», contesta ella. Azra mueve los dedos sobre el lomo de la mariquita y pulsa las coordenadas para que avance sobre las casillas: «Un, dos, tres, giro a la derecha, uno y dos», dice con un dedo sobre los labios. Cuando Azra aprieta OK, el robot se mueve lentamente hacia donde los bronquios, y si el cálculo es correcto,«¡bieeeeen!».

En este colegio se utilizan libros convencionales, pero también recursos digitales, objetos manipulables y debates. La mariquita me parece un insecto educativo fascinante. Consigue que los alumnos aprendan la lección de naturales, a calcular y programar, también practican la expresión oral y se estimulan mutuamente. Aunque hay liderazgos, todas las niñas se sienten parte del grupo.

El colegio Joaquim Ruyra será innovador, pero desde luego no es hippie según la acepción anárquica del término. Se parece más a un reloj suizo. De hecho, los papelitos que Miquel reparte entre los profesores son horarios de bolsillo. «Es mi sudoku. Cada semana hacemos un esfuerzo muy grande para gestionar los recursos humanos y ahorrar. Tenemos robots, pero porque fabricamos muchos materiales. ¡Nuestros ordenadores son donativos que llegaron desde Madrid!».

Por un error administrativo, el Joaquim Ruyra cuenta con cinco profesores menos de los que le tocarían. «Somos la única escuela del barrio que no está calificada como de máxima complejidad. Llevamos tres años quejándonos al Departament. Con esos refuerzos haríamos virguerías».

Durante la última evaluación externa de sexto de primaria que realiza la Generalitat, el porcentaje de estudiantes del Joaquim Ruyra con nivel alto sobrepasó con creces la media catalana. Según datos del Departament d’Ensenyament, un 55,2% de los alumnos este centro tienen un nivel alto de catalán, cuando la media de nivel alto en esta asignatura es del 25%. En lengua castellana, los alumnos con nivel alto del Ruyra llegan al 39,3% (la media es de 20,8%). En inglés, el 32,1% contra 24% y en matemáticas se alcanza un porcentaje prodigioso (un 58,7% contra un 30,6% de media).

Carme Ortoll, Directora General de Educación Infantil y Primaria de la Generalitat, dice que las comunidades de aprendizaje catalanas mantienen sus resultados académicos, y que algunas, como el Joaquim Ruyra, mejoran en algunas competencias: «En matemáticas es donde la mejora es más evidente».

Joaquim Prats, catedrático de Didáctica de las Ciencias Sociales en la Universidad de Barcelona, opina que este centro es atípico: «Visito muchos colegios y para mí ha sido especialmente llamativo. Los resultados del Ruyra deberían ubicarse en el lado bajo de la tabla y se sitúan donde están los colegios de las familias bien de Barcelona».

Prats, que también es ex presidente del Consejo Superior de Evaluación del Sistema Educativo de Cataluña, cree que el Joaquim Ruyra refuta una teoría consolidada en el mundo educativo, a saber: en los resultados académicos de un niño pesa más la familia que la escuela. «No creo que un colegio pueda imitarse, pero sí creo que deberíamos aprender de éste», dice Prats. «Sobre todo los centros con dificultades donde los maestros ya se han resignado».

Más rarezas para mi lista: en este colegio adoran las inspecciones y los exámenes. «Puede parecer extraño, pero la evaluación es fundamental para nosotros», comenta Raquel. Aunque «no son disidentes» y ponen las notas que manda la Administración, también han instaurado una evaluación interna «que es la que los niños viven». Al parecer estos exámenes propios se viven como premios, porque es cuando los alumnos son evaluados individualmente. «Después de muchos grupos interactivos, toca medir los niveles de competencias. Uno debe de ser consciente de su propio proceso de aprendizaje».

Último día. En la clase de quinto, un grupo de niños trabaja para calcular el área de un triángulo. La escena recuerda a los boxes de la Fórmula 1. Uno escribe en la pizarra blanca, otro señala un folio, otro borra con un trapo los cálculos antiguos. Actúan con pasión y velocidad, se dan órdenes matemáticas, como si tuvieran que ganar una carrera. El cronómetro marca ocho minutos.

Cuando terminan con éxito la operación, Chirine, la niña que escribe en la pizarra, define su colegio: «Este cole tiene una forma expertísima de trabajar, que es interactuar y ayudar a los otros. Antes éramos solitarios. Aquí podemos ayudar hasta a los padres, porque a lo mejor sabemos cosas que ellos ya han olvidado».

El milagro del Joaquim Ruyra no sería posible sin una realidad que no tiene que ver con notas ni rendimientos. Han conseguido que muchos padres hagan de voluntarios en los grupos interactivos (un 25% de los voluntarios son familiares directos, unos 100). Pero sobre todo han conseguido que en el barrio sientan que la escuela les pertenece, que no sean tímidos ni se sientan evaluados al cruzar el umbral de la puerta del aula.

«Siempre hemos visto al profesor como un mini demonio. Pensábamos que eran enemigos, y en realidad podemos hablar con ellos aunque tengan una carrera y nosotros nada». Maica es una de las voluntarias más conocidas del colegio. Su familia, que es «mezcla» pero siempre ha vivido con los gitanos, nunca se llevó bien con los maestros de la anterior escuela de su hijo Vicente, que era concertada por falta de plazas en la pública: «Tenía problemas. Al menos ahora lo que aprende, lo entiende».

Jubilados, vecinos y jóvenes ex alumnos entran y salen del vestíbulo del colegio con naturalidad, como si fuera una plaza. Se quedan el rato que les viene bien.«Nunca podemos decir a un voluntario que hoy no le necesitamos, porque si no, no vuelve. Tampoco hay requisitos ni un perfil», asegura Raquel. De hecho, hay voluntarios que son ex toxicómanos y analfabetos.

¿Qué pasa si, por ejemplo, un voluntario no sabe dividir? Raquel tiene una respuesta para aquellos que dudan, que al principio son muchos: «¿Tú le dices a tu niño que no haga los deberes en tu casa porque no te acuerdas de dividir? No, le preparas un sitio tranquilo y vigilas que lo haga limpio, te aseguras de que trabaje. Eso es dinamizar». ¿Y si un voluntario se equivoca al enseñar una lección? «¡Mejor!», batea Raquel. «Los niños se matan para argumentar su postura. En ese momento, la lección hace ¡clac!, no la olvidan jamás, la asimilan para siempre». Maica lo confirma: «¿Que me he equivocado? Ellos se motivan y a mí me va bien».

Paulatinamente, las interacciones entre la gente del barrio y los alumnos dentro del aula generan una especie de transformación social por un efecto espejo. Primero la escuela se abre a los padres, después la gente la hace suya y luego el barrio termina autoeducándose. De alguna forma, muchos voluntarios cambian la percepción de sí mismos.

Maica, por ejemplo, se siente mejor desde que es voluntaria: «Veo que puedo ayudar en otras cosas. Antes pasaba más, ahora en el barrio me conoce todo el mundo». María del Mar, con los ojos un poco llorosos, lo toma casi como una terapia: «Los niños te amansan un montón. El día a día es duro, estás quemadita, pero vienes aquí y todo cambia, ves que eres importante para ellos. Y los directores dan ternura, aquí dan ternura». Raquel sintetiza: «Para la convivencia en el barrio, este colegio es más efectivo que 20 lecheras de los Mossos.Algunos voluntarios no cambian su conducta en la calle si ven un coche de la policía, pero si ven a los niños, sí. No les decimos que son referentes, lo ven ellos mismos».

Los prejuicios y los roles también se debilitan. Un ejemplo ocurrió hace poco. Dimitri, un joven ex alumno que ahora va al instituto, se presentó para hacer de voluntario varios días seguidos, hasta que se confesó: «Profe, es que me han echado». «Lo habían expulsado. En vez de irse a fumar al parque, viene y se pone en serio», dice Miquel.

Esto es precioso, le digo al jefe de estudios. «Un milagro, ¿no?», contesta él. «Tenemos muchos conflictos, pero los solucionamos de la misma forma que les exigimos a los alumnos, con diálogo igualitario. Yo no puedo expulsar a tu hijo diciéndote que ha cometido tres faltas y que ésa es la normativa. Las familias saben que estamos aquí para ayudarles, por eso ellos también están. ¡Incluso nos traen las cartas del banco o de Hacienda!».

Enric es maestro jubilado. Durante 40 años ha enseñado en la escuela pública de L’Hospitalet y ahora es voluntario del Joaquim Ruyra. Se toma su tiempo para decir qué diferencia a este centro de otros. «Esto nunca se reconoce, pero diré la paz social. Este colegio aporta tranquilidad».

El Joaquim Ruyra, en realidad, no parece un colegio. No he visto ningún empujón, colleja o burla; tampoco se percibe esa fuerza de contención que impera en muchos centros. De hecho, cuando suena el timbre que anuncia la hora del patio, los de quinto ni se inmutan, quieren terminar de valorar la actividad con su tutor. En el pasillo no hay hordas saliendo en tropel.

Dijo Raquel que se trataba de la cantidad justa de azúcar. Precisamente, la sensación es la de estar en una gran fábrica de chocolate donde todo funciona con unas normas estrictas que todos siguen por su propio placer. Los alumnos son receptores y reproductores de un método que entienden y disfrutan. «Cualquiera que se sienta mal en otro colegio puede venir, les gustaría hasta dormir aquí. Para mí esta escuela es como Marruecos, donde siempre voy y vuelvo», dice Chirine.

Según la web de las comunidades de aprendizaje, en España hay 209 centros que siguen este sistema, con especial éxito en Andalucía, Castilla-La Mancha y en Cataluña, donde cada año de dos a tres centros educativos se suman. «Yo estoy enamorado de esto. Creo que este sistema podría cambiar la educación de todo el país, también la universidad», dice Luis, tutor de sexto. «Funciona en favelas de Brasil y en escuelas de élite de EEUU y del País Vasco. No depende de los recursos».

Pero no todo el sector educativo opina lo mismo. Cuando se publicaron los resultados que trajeron la fama a este colegio, arreciaron las críticas. «En el foro de la USTEC, el sindicato de Ensenyament, lo cuestionaban todo. Decían que teníamos más maestros y menos alumnos, lo cual no sólo es falso, sino que es al revés: tenemos menos profesores de los que nos tocarían y una ratio de 25-36 alumnos por clase. Todos callaban cuando les decía que vinieran a verlo», dice Luis.

Las comunidades de aprendizaje han sido avaladas por la Comisión Europea a través del proyecto Includ-ED, y se han publicado estudios sobre ellas en revistas de Cambridge y Harvard, pero hay quien duda de que la base científica a la que aluden sus promotores sea tan evidente. El catedrático de Sociología Mariano Fernández Enguita cree que los procedimientos de investigación de los grupos académicos que las defienden, como el CREA, son superficiales y sesgados. Luis cree que el rechazo viene del miedo: «Hay muchos profesionales que no están dispuestos a salir de su zona de confort y prefieren no romper con los patrones y dogmas. Es desconocimiento y es miedo. Y te voy a ser sincero: esto implica mucho trabajo. En vez de preparar una clase, tienes que diseñar cuatro actividades de 20 minutos».

Más allá del escepticismo y las críticas que las comunidades de aprendizaje puedan generar, es pertinente preguntarse quiénes pueden verse amenazados por un colegio de élite ubicado en medio de un polvorín, un gueto, tal como lo llaman algunos de sus vecinos.

Miquel y Raquel se despiden invitando a los lectores a visitar el centro: «Eso sí, tendrán que hacer de voluntarios», dice el jefe de estudios con el dedo en alto, y añade una última reflexión: «Lo que nos obsesiona no es enseñar, sino que los alumnos aprendan. No es lo mismo, si lo piensas bien».

Para ser un milagro, del Joaquim Ruyra se sale creyendo menos en lo divino que en lo humano.

Mueren los robots y la esperanza en las tareas de limpieza de Fukushima

Las tareas de exploración dentro de los reactores de la planta nuclear apenas ha comenzado y ya se enfrenta a serias dificultades

“Abe dijo que Fukushima estaba bajo control cuando fue al extranjero a promocionar la candidatura de los juegos olímpicos. En Japón todos podemos constatar que la situación no está bajo control”, cuenta un exingeniero nuclear

“Nos gustaría eliminar el agua contaminada en 2020”, afirma la empresa responsable

Origen: Mueren los robots y la esperanza en las tareas de limpieza de Fukushima

Cuando no habían completado ni una quinta parte de la misión, los ingenieros que hacían el seguimiento del progreso de Escorpión tiraron la toalla. El último robot que había sido enviado a las entrañas de uno de los reactores dañados de Fukushima Daiichi, y cuyo seguimiento se hacía por control remoto, dejó de enviar señales.  El combustible nuclear que se sobrecalentó cuando la planta sufrió una triple fusión hace exactamente seis años impidió que el robot avanzara.

Hace un mes, este robot de Toshiba, que tiene unos 60 centímetros de longitud y está equipado con un par de cámaras y sensores capaces de medir los niveles de radiación, fue abandonado a su suerte. El operador de la planta nuclear, Tokyo Electric Power (Tepco), intentó restar importancia al hecho de que otra misión de reconocimiento había fracasado. Esta última tenía el objetivo de determinar el estado actual y la ubicación exacta del combustible fundido. 

Aunque la misión no se completó, los responsables de la planta se limitaron a indicar: “Hemos obtenido información de valor que nos ayudará a determinar qué métodos son los más adecuados para eliminar los contaminantes del combustible”. 

Los contratiempos de Escorpión, cuya misión debía durar diez horas y solo duró dos, pusieron en evidencia lo complicado que es desmantelar Fukushima  Daiichi; una tarea sin precedentes. Un experto no ha dudado en afirmar que el desmantelamiento “escapa a la comprensión humana”.

El 11 de marzo de 2011 la planta nuclear se convirtió en el escenario del peor accidente nuclear desde Chernobyl, después de que un terremoto de magnitud 9 y un tsunami sacudieran esa región de Japón. Se podrían necesitar entre 30 y 40 años para desmantalerla, y el ministro de industria y comercio de Japón ha calculado que los costes podrían superar los 178.000 millones de euros. 

Esta cifra, que incluye las indemnizaciones que recibirán decenas de miles de personas que fueron evacuadas tras el accidente nuclear, prácticamente duplica la estimación realizada hace tres años. 

Radioactividad para matar a una persona en un minuto

El tsunami mató a casi 19.000 personas; la mayoría de ellas en la zona de Fukushima. Unas 16.000 personas que vivían cerca de la central nuclear se vieron obligadas a abandonar sus hogares. Han pasado seis años y han sido pocas las que han podido volver a zonas que las autoridades consideran seguras.

Para Tepco está resultando casi imposible fabricar robots que sean capaces de entrar en las partes más peligrosas de los reactores de Fukushima Daiichi y permanecer el tiempo necesario para recabar información de valor. El escorpión, que se llama así porque lleva una cámara en su cola abatible, “murió” después de quedar encallado en un carril situado debajo del recipiente de presión del reactor. No pudo seguir porque los posos de combustible y otros desechos le bloquearon el paso.

Puede ser que este robot y otros anteriores también hayan sufrido los efectos de la radiación. Antes de perderse, su dosímetro indicaba que en el tanque de contención número 2 los niveles de radiación eran de 250 sieverts por hora; suficiente para matar a un humano en un minuto.

El responsable de la planta nuclear, Shunji Uchida, reconoce que Tepco ha conseguido una información “limitada” sobre el estado del combustible fundido. En declaraciones a the Guardian y a otros medios que visitaron la planta nuclear, explicó que “de momento solo hemos conseguido echar un vistazo y el último experimento con un robot no ha funcionado”.  Uchida admite que, por ahora, no tienen otro plan. 

Problemas con los robots al margen, el trabajo de exploración en los otros dos reactores, cuyos niveles de radiación son incluso superiores al del reactor número 2, ni siquiera ha empezado. Los responsables de la planta quieren que un pequeño robot resistente al agua entre en el reactor número 1 en las próximas semanas, pero todavía no se ha fijado una fecha concreta para enviar a un robot al reactor número 3, que es el que está en peores condiciones. 

Naohiro Masuda, presidente de la sección de desmantelamiento de Fukushima Daiichi, señala que quiere que se hagan nuevas investigaciones antes de decidir cómo sacar el combustible fundido. 

A pesar de todos los contratiempos, Tepco, tras consultarlo este verano con las autoridades gubernamentales, ha insistido en que empezará a extraer todo el combustible nuclear fundido en el año 2021, cuando se cumpla una década del desastre.

Sin embargo, Shaun Burnie, un experto nuclear que trabaja para Greenpeace Alemania y que está radicado en Japón, afirma que la planta nuclear se enfrenta a un reto “sin precedentes y que prácticamente escapa a la comprensión humana”. También asegura que las fechas que se marcaron para el desmantelamiento “nunca han sido realistas ni creíbles”.

La última exploración fallida del reactor número 2 “no hace más que confirmar esta realidad”, indica Burnie. “sin una solución técnica de cómo lidiar con las unidades 1 y 3, se han centrado en la unidad dos porque es la que parece menos difícil. La mayor parte de la información que la empresa y el Gobierno han compartido con los medios de comunicación y con el público es mera especulación y un cúmulo de buenos deseos”.

“El calendario actual para la eliminación de cientos de toneladas de combustible nuclear fundido, cuya ubicación y condición todavía no están claras, se basó en el calendario fijado por el primer ministro [Shinzo] Abe en Tokio y por la industria nuclear, no se basan en los hechos objetivos recabados sobre el terreno ni la ingeniería de sonido o la ciencia”, indica el experto.

900.000 toneladas de agua contaminada

Shunichi Tanaka, presidente de la Agencia de Regulación Nuclear Japonesa, no parece compartir el optimismo de Tepco en lo relativo a respetar el calendario fijado para el desmantelamiento. “Todavía es demasiado pronto para hablar en estos términos tan optimistas”, afirma. “De momento, seguimos avanzando a oscuras”.

A simple vista, se han hecho muchos cambios en Fukushima Daiichi desde la anterior visita de the Guardian, que tuvo lugar hace cinco años. 

Por aquel entonces, el sitio todavía estaba lleno de escombros. Las mangueras, las tuberías y los materiales de construcción cubrían el sitio, mientras que miles de trabajadores desafiaban los altos niveles de radiación para devolver el orden a la escena de un desastre nuclear.

Han pasado seis años y se han reforzado los edificios de los reactores dañados y ha sido posible sacar más de 1.300 conjuntos de combustibles gastados de la piscina de almacenamiento del reactor número 4. Han cubierto el suelo con un revestimiento especial para evitar que el agua de la lluvia se sume a los problemas de gestión de agua que ya tiene Tepco. 

Los trabajadores que antes tenían que ponerse un equipo protector cuando se dirigían hacia Fukushima Daiichi ahora pueden llevar ropa ligera y máscaras quirúrgicas en muchas de las zonas de la planta nuclear. Los 6.000 trabajadores ya pueden comer un plato caliente y hacer turnos para descansar en una caseta que fue habilitada para este uso en 2015. 

Sin embargo, cuando nos apartamos de la costa, las filas de tanques de acero son un recordatorio de uno de los principales enemigos de los esfuerzos de desmantelamiento: el agua contaminada. Los tanques frenan 900.000 toneladas de agua; una cantidad que pronto será de un millón de toneladas. 

Las paredes subterráneas de hielo de Tepco, que en el pasado se creían indestructibles y cuya construcción superó los 200.000 euros anuales, no han conseguido hasta la fecha evitar que las aguas subterráneas entren en los sótanos de los reactores y se mezclen con el agua refrigerante radioactiva. 

Yuichi Okamura, un portavoz de Tepco, reconoce que la estructura, que congela el suelo a una profundidad de 30 metros, todavía permite que a diario 150 toneladas de agua subterránea penetren en los sótanos del reactor [y se contaminen].

Se han mantenido abiertas expresamente cinco secciones para evitar que el agua de los sótanos de los reactores suba y se escape. “Tendremos que cerrar el muro de forma progresiva”, indica Okamura. “Nos gustaría que en abril el flujo de agua subterránea no superara las 100 toneladas diarias y nos gustaría haber conseguido eliminar el agua contaminada en 2020”. 

Los más críticos con las tareas de desmantelamiento y de limpieza señalan que en 2020 Tokio será la ciudad anfitriona de los juegos olímpicos. Consiguió convertirse en la sede olímpica después de que Abe afirmara ante el Comité Olímpico Internacional que Fukushima estaba “bajo control”.

Mitsuhiko Tanaka, un exingeniero nuclear de Babcock-Hitachi, acusa a Abe y a otros altos cargos del Gobierno de haber minimizado la ardua tarea de desmantelamiento con el propósito de que el público apoye sus planes de volver a poner en funcionamiento los reactores nucleares en todo el país. 

“ Abe dijo que Fukushima estaba bajo control cuando fue al extranjero a promocionar la candidatura de los Juegos Olímpicos, pero nunca ha hecho una afirmación parecida en Japón”, indica Tanaka. “En Japón todos podemos constatar que la situación no está bajo control”.

“ Si alguien del prestigio de Abe repite esta afirmación a menudo, se convierte en verdad”, lamenta Tanaka. 

Traducido por Emma Reverter

TDAH: ¿qué dicen los médicos?

Ante la cantidad de personas que se estaban forrando el riñón con el asunto TDAH (algunos psicólogos y psicólogas psicoanalistas con local privado, clínicas privadas, paisanos de todo tipo que lo curaban de mil y un maneras diferentes e incluso algún médico de la seguridad social) y teniendo en cuenta que no existe ninguna prueba de ningún tipo que demuestre la existencia de tal trastorno, decidí ponerme en contacto con ¿un médico? Noooo, no sería válida la opinión de una persona en una cuestión tan importante, así que decidí escribir al colegio de médicos de Navarra para que, como docente, me informaran de qué puedo hacer ante la marabunta de niños y niñas diagnosticados que hacen que mis clases de ciencias se conviertan en un predicar en el desierto. Les envié el siguiente mail:

Hola, buenos días

Mi nombre es Iñaki Redín Eslava y ya os he escrito en un par de ocasiones. Son profesor de ciencias de instituto y estoy escribiendo un libro sobre drogas y estudiantes. También formo parte de una asociación de reciente creación denominada “Docentes Desconcertados”, que agrupa hasta la fecha a más de un centenar de profesores de todos los centros de Navarra, públicos y concertados, que entendemos que no se están haciendo las cosas bien en esta cuestión. Necesito saber la opinión oficial de la medicina acerca del TDAH, porque a nosotros los docentes nos cuesta creer que haya ahora mismo más de 6. 000 niños con este diagnóstico, en cifras de 2015. Tenemos la impresión de que alguien está confundiendo actitudes propias de la infancia como suspender, atender a ratos o gritar de aburrimiento, y los está patologizando. También hemos visto el test snap IV que cuelga de la web del Creena y que sirve como única herramienta diagnóstica y nos cuesta creer que eso sea suficiente aval como para prescribir a niños cada vez más pequeños (de cuatro años en adelante) a ingerir una sustancia tan peligrosa con lo es el metilfenidato.

He intentado que me dieseis una respuesta colegiada, como creo que es vuestra obligación. Porque las personas a las que represento como “Docentes Desconcertados” yo y mismo estamos profundamente preocupados por la deriva que están tomando los acontecimientos.
Me gustaría una respuesta científica, razonada y de calidad, a la altura de un Colegio de Médicos, pero no voy a esperar eternamente; la no respuesta en un plazo razonable es ya en sí misma una respuesta, y no precisamente la mejor.
Por esta razón, les ruego que de una vez por todas digan a la ciudadanía qué es el TDAH y porqué en Navarra es una epidemia que afecta a más de seis mil niños en números de hace dos años.
 
Gracias de antemano y un respetuoso saludo
Iñaki Redín Eslava
Profesor de ciencias desconcertado
La respuesta tardó veinte días en llegar y como sé que no os la vais a creer, he decidido colocar un jpg de la misma:
Esta es la opinión oficial de los médicos y médicas navarros. Creo que está todo dicho y sobra cualquier comentario.
¿Sabéis a qué me recuerda esta postura de los médicos en su conjunto, salvando las distancias?… Leed este cómic y luego hablamos.

Los hijos no se “pierden” en la calle, sino dentro de casa

Los hijos no se “pierden” en la calle. De hecho, esa pérdida se inicia en el propio hogar con ese padre ausente, con esa madre siempre ocupada.

Por Valeria Sabater 23, Enero 2017

Origen: Los hijos no se “pierden” en la calle, sino dentro de casa

Los hijos no se “pierden” en la calle. De hecho, esa pérdida se inicia en el propio hogar con ese padre ausente, con esa madre siempre ocupada, con un cúmulo de necesidades no atendidas y frustraciones no gestionadas. Un adolescente se desarraiga tras una infancia de desapegos y de un amor que nunca supo educar, orientar, ayudar.

Empezaremos dejando claro que siempre habrá excepciones. Obviamente existen niños con conductas desadaptativas que han crecido en hogares donde hay armonía y adolescentes responsables que han conseguido marcar una distancia de una familia disfuncional. Siempre hay hechos puntuales que se escapan de esa dinámica más clásica donde lo acontecido día a día en una casa marca irremediablemente el comportamiento del niño en el exterior.

En realidad, y por curioso que parezca, un padre o una madre no siempre termina de aceptar este tipo de responsabilidad. De hecho, cuando un niño evidencia conductas agresivas en un centro escolar, y se toma contacto con los padres por parte del tutor, es habitual que la familia culpabilice al sistema, al propio instituto y a la comunidad escolar por “no saber educar”, por no intuir necesidades y aplicar adecuadas estrategias.

Si bien es cierto que en lo que se refiere a la educación de un niño todos somos agentes activos (escuela, medios de comunicación, organismos sociales…), es la familia la que hará germinar en el cerebro infantil el concepto de respeto, la raíz de la autoestima o la chispa de la empatía.

Te proponemos reflexionar sobre ello.

hijos

Los hijos, el legado más importante de nuestro futuro

H. G Wells dijo una vez que la educación del futuro iría de la mano de la propia catástrofe. En su famosa obra “La máquina del tiempo”, visualizó que para el año año 802.701, la humanidad se dividiría en dos tipos de sociedad. Una de ellas, la que vivíría en la superfice, serían los Eloi, una población sin escritura, sin empatía, inteligencia o fuerza física.

Según Wells, el estilo educativo que predominaba en su época ya apuntaba resultados en esta dirección. El inicio de las pruebas estandarizadas, de la competitividad, de las crisis financieras, del escaso tiempo de los padres para educar a sus hijos y de la nula preocupación por incentivar la curiosidad infantil o el deseo inherente por aprender hacían ya que, en aquellos albores del siglo XX, el célebre escritor no augurara nada bueno para las generaciones futuras.

No se trata de alimentar pues tanto pesimismo, pero sí de poner sobre la mesa un estado de alerta y un sentido de responsabilidad. Por ejemplo, algo de lo que se quejan muchos terapeutas, orientadores escolares y pedagogos es de la falta de apoyo familiar que suelen encontrarse a la hora de hacer intervención con ese adolescente problemático, o con ese niño que evidencia problemas emocionales o de aprendizaje.

Adolescente sola

Cuando no hay una colaboración real o incluso cuando un padre o una madre desautoriza o boicotea al profesional, al maestro o al psicólogo, lo que conseguirá es que el niño, su hijo, continúe perdido. Aún más, ese adolescente se verá con más fuerza para seguir desafiando y buscará en la calle lo que no encuentra en casa o lo que el propio sistema educativo tampoco ha podido darle.

Niños difíciles, padres ocupados y emociones contrapuestas

Hay niños difíciles y demandantes que gustan actuar como auténticos tiranos. Hay adolescentes incapaces de asumir responsabilidades, y que adoran sobrepasar los límites que otros les imponen acercándose casi hasta la delincuencia. Todos conocemos más de un caso, sin embargo, hemos de tomar conciencia de algo: nada de esto es nuevo. Nada de esto lo ocasiona Internet, ni los videojuegos ni un sistema educativo permisivo.

Al fin y al cabo estos niños evidencian las mismas necesidades y conductas de siempre contextualizadas en nuevos tiempos. Por ello, lo primero que debemos hacer es no patologizar la infancia ni la adolescencia. Lo segundo, es asumir la parte de responsabilidad que nos toca a cada uno, bien como educadores, profesionales de la salud, divulgadores o agentes sociales. Lo tercero y no menos importante, es entender que los niños son sin duda el futuro de la Tierra, pero antes que nada, son hijos de sus padres.

Reflexionemos a continuación sobre unos aspectos importantes.

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Los ingredientes de la auténtica educación

Cuando un profesor llama a una madre o a un padre para advertirles de la mala conducta de un niño, lo primero que siente la familia es que se está poniendo en tela de juicio el amor que sienten por sus hijos. No es cierto. Lo que ocurre, es que a veces ese afecto, ese amor sincero se proyecta de forma errónea.

  • Querer a un hijo no es satisfacer todos sus caprichos, no es abrirle todas las fronteras ni evitar darle negativas. El amor auténtico es el que guía, el que inicia desde bien temprano un sentido real de responsabilidad en el niño, y que sabe gestionar sus frustraciones dando un “NO” a tiempo.
  • La educación de calidad sabe de emociones y entiende de paciencia. El niño demandante no detiene sus conductas con un grito o con dos horas de soledad en la propia habitación. Lo que exige y agradece es ser atendido con palabras, con nuevos estímulos, con ejemplos y con respuestas a cada una de sus ávidas preguntas.

Hemos de tomar conciencia también de que en esta época donde muchas mamás y papás están obligados a cumplir jornadas de trabajo poco o nada conciliadoras con la vida familiar, lo que importa no es el tiempo real que compartamos con los hijos. Lo que importa es la CALIDAD de ese tiempo.

Los padres que saben intuir necesidades, emociones, que están presentes para guiar, orientar y para favorecer intereses, sueños e ilusiones, son los que dejan huella y también raíces en sus hijos, evitando así que esos niños las busquen en la calle.

Imágenes cortesía de A.Varela

La homeopatía en EE UU tendrá que advertir de que no funciona

Tres sociedades farmacéuticas españolas también se posicionan en contra de esta pseudomedicina

Origen: La homeopatía en EE UU tendrá que advertir de que no funciona | Ciencia | EL PAÍS

La homeopatía, una pseudomedicina sin base científica, ha recibido en los últimos días varapalos en España y en EE UU. La Comisión Federal de Comercio estadounidense ha denunciado que “la inmensa mayoría” de las indicaciones que venden los productos homeopáticos “no están basadas en métodos científicos modernos y no son aceptadas por expertos médicos actuales”.

A partir de ahora, estos preparados homeopáticos sin pruebas de su eficacia tendrán que informar a los consumidores de que “no hay evidencias científicas de que el producto funcione y que las indicaciones alegadas se basan únicamente en teorías de la homeopatía del siglo XVIII que no son aceptadas por la mayoría de los expertos médicos actuales”.

La Comisión Federal de Comercio es la agencia nacional de protección del consumidor en EE UU. Su función es “prevenir las prácticas comerciales fraudulentas, engañosas y desleales en el mercado”. Alrededor de la homeopatía, inventada por el médico alemán Samuel Hahnemann en 1796, se ha generado una industria que en EE UU alcanza unas ventas de 1.200 millones de dólares, según la revista especializada Nutrition Business Journal.

La industria homeopática alcanza en EE UU unas ventas de 1.200 millones de dólares sin haber probado su eficacia

La agencia gubernamental estadounidense recuerda que la homeopatía se basa en dosis ínfimas, a veces indetectables en el agua diluyente, de sustancias que generan síntomas similares a los de la enfermedad que se pretende curar. En más de dos siglos, este método no ha demostrado ser más eficaz que tomarse un chupito de agua con azúcar. La Administración de Alimentos y Medicamentos de EE UU (FDA, por sus siglas en inglés) también está revisando su política sobre los productos homeopáticos, según confirma su portavoz Theresa Eisenman. Desde 1988, estos preparados se fabrican y distribuyen sin el examen previo de la FDA, que sí se requiere para los medicamentos de verdad.

En España, pese a todo, la multinacional homeopática francesa Boiron facturó 60 millones de euros en 2011. Tres de las principales sociedades farmacéuticas españolas han respondido ahora a un llamamiento del grupo FarmaCiencia, compuesto por farmacéuticos a favor de la evidencia científica, para que se posicionasen en contra de la homeopatía. La Sociedad Española de Farmacia Familiar y Comunitaria (SEFAC), compuesta por 3.700 asociados según sus cifras, ha subrayado que “a día de hoy no existen evidencias científicas suficientes para demostrar la supuesta eficacia de la medicina homeopática”.

“La SEFAC no está de acuerdo en que se autorice como medicamento ningún producto sin indicaciones terapéuticas aprobadas, tal y como permite la legislación vigente

La organización recuerda que en España, desde 1995, una disposición transitoria permite comercializar miles de productos homeopáticos “sin un análisis previo de su calidad, seguridad y eficacia por parte de la Administración”. LA SEFAC, según critica en un comunicado publicado el 22 de noviembre, “no está de acuerdo en que se autorice como medicamento ningún producto sin indicaciones terapéuticas aprobadas, tal y como permite la legislación vigente”.

Un mes antes, la Sociedad Española de Farmacia Hospitalaria recordó que “los principios que sustentan la homeopatía no son científicos”. Además, en un comunicado, la organización, con 3.500 socios según sus cifras, destacó que esta pseudomedicina “puede poner en riesgo la salud de los pacientes si rechazan o retrasan tratamientos sobre cuya seguridad y eficacia hay evidencias sólidas”. En la misma línea, la Sociedad Española de Farmacéuticos de Atención Primaria, que representa a 700 profesionales, considera que “debería retirarse la denominación medicamento de estos productos”

El valor de no cambiar

Tengo un amigo que vota a su partido de toda la vida, haga lo que haga.

A pesar de que dicho partido, al que llamaremos XYZ, cuando ha tocado poder haya cometido las mil y una traiciones a su programa y a su ideario por el beneficio personal de sus socios fundadores, mi amigo, erre que erre, les seguirá votando. No es capaz de deslizarme más excusa que la de “es que si no les voto yo ¿quién les va a votar?” Mi amigo es una de las personas más justas que conozco y además de buenísima persona, no tiene ni un pelo de tonto. Pero para él, cambiar el sentido de su voto le convertiría en algo muy feo: en un veleta o chaquetero.

Otro amigo, tan buenísima persona, inteligente y capaz como el anterior, es un votante de “toda la vida” a otro partido diferente, el UVW, partido al que incluso ha colaborado a hacerse grande. Tanto él como prácticamente toda su familia, votan a dicho partido desde que se ha podido votar. UVW ha tenido sus más y sus menos en un tiempo atrás; pero un pasado no muy claro no ha sido óbice para continuar con el voto en el mismo sentido. Hace poco mi amigo fue expulsado del cargo que ocupaba de muy mala manera, sin explicaciones ni porqués, como se despide a un empleado al que han pillado robando. A mi amigo, que tuvo que hacer piruetas con su vida de siempre para aceptar dicho cargo, este despido le hizo polvo tanto en lo profesional como en lo personal, a dos años de su jubilación.

Hace poco le pregunté si seguiría votando a un partido como ese que le había hecho tanto daño. Y su respuesta, que me dejó helado, fue esta:

No… No lo sé… .

Conozco también a decenas de amigos y no tan amigos que han incumplido todos y cada uno de los preceptos de la iglesia católica a la que decían pertenecer. Cuando les preguntas de qué religión son te dicen con orgullo que son católicos; y si les haces ver que no tiene demasiado sentido pertenecer a una comunidad de la que no respetan ninguna de sus normas, te sonríen y cambian la conversación.

No cambiar, ¿en qué nos convierte?

¿Por qué somos tan contumaces? Porque, al parecer, no hay nada más feo que ser un veleta. Ser un tipo que esté cambiando constantemente de opinión, por supuesto que es un horror. Pero el problema está en que como odiamos tanto a los chaqueteros, nos hemos ido al otro extremo del espectro y por no cambiar, no cambiamos ni la hora del reloj aunque esté equivocada.

No cambiamos de equipo de fútbol aunque sean unos tarugos y no ganen ni a las tabas. Estas personas tratan de traidores a los futbolistas que cambian de equipo porque mejoran sus condiciones económicas. Y todas las burradas y escándalos punibles que haga nuestro grupo de pop favorito (estoy pensando en grupos como los británicos Oasis) nos parecerán pequeñas travesuras y seguiremos comprando sus disco y defendiéndoles como si fueran colegas, aunque esté clarísimo que no se trate más que de unos borrachos ignorantes y sin educación que plagian a los Beatles.
Ese “tira p´alante, aunque se ahorque” es también la razón que nos impide dialogar; porque cuando hablamos con otra persona sobre cualquier asunto, no lo hacemos con el ánimo de averiguar la verdad sino que lo que queremos es tener razón, a cualquier precio, aunque sea mintiendo.
Curiosamente, al parecer, casi todas las personas estamos de acuerdo en que las cosas deben cambiar, que no se puede estar como estamos, con un paro bestial y una pobreza y diferencias salariales tan extremas, con una caída en picado de las prestaciones sociales y un presupuesto ridículo para sanidad y educación, con un i+d inexistente, etcétera.

En fin, que esto tiene que cambiar. Pero es imposible que cambie nada si ese cambio no empieza por nosotros mismos, si permanecemos porfiados y tenaces en mantener un error.
El cambio empieza en uno mismo.