Mercancía dañada

¿Qué se hace con aquellos productos que no alcanzan el estándar de calidad?

Las grandes superficies colocan toda la mercancía defectuosa en unas grandes góndolas circulares, a modo de macedonia de prendas de vestir, a la que añade en su cúspide un gran letrero con explosión que chilla su bajo precio a los cuatro vientos.

Los fabricantes de marcas pijas jamás vende algo con tara, ni siquiera a bajo precio. Desde sus fábricas nunca permiten salir a un producto con defecto. Y cuando les sale algo mal, es  destruido inmediatamente. Los propietarios vigilan muy bien su producto acabado, invierten mucho dinero en que ningún mal hecho escape a través de los muros de la factoría. Por esta razón, cuando te compras algo de marca, también estás pagando todos los que ha habido que destruir por no pasar el control de calidad y el sueldo de las personas que vigilan la calidad del producto acabado.

Hay también fabricantes serios que vigilan al máximo no el producto acabado, sino el proceso de fabricación del mismo, sus posibles dificultades e investigan aquello que pueda fallar para evitar producir mercancía con taras. Porque las empresas de calidad invierten en eso mismo, en calidad, y de este modo evitan aplicar precios prohibitivos al consumidor y no degradar el medio ambiente más de lo necesario.

Como en el sistema capitalista no está penalizado ni perseguido por la ley el derroche (a este hecho se le denomina libertad de mercado) los empresarios pueden elegir libremente entre cualquiera de estos modelos: derrochar los recursos de todos, generar muchos residuos y encarecer los precios para todos, o ser responsables y solidarios con los recursos de todos.

¿Qué hacemos con los chicos y chicas que no alcanzar un supuesto estándar de calidad? Bajo el amplio paraguas del derecho a la libertad de elección de centro por parte de los padres, se puede tratar a los niños y niñas como si fueran objetos fabricados en alguno de los tres modelos empresariales anteriormente descritos, que trasladados a la educación serían: el que no le importa lo que hace con tal de ganar dinero, aquel que solo se interesa por los que son “de su marca” o el que tiene interés en hacer lo correcto.

En mi centro de trabajo, un instituto de la red pública, nos importa mucho ver el resultado de nuestro trabajo. Por eso queremos saber qué ha sido de tal o cual chico o chica, cómo le ha ido en la vida, etc. Y no nos debemos a ninguna marca, ni clase, ni creencia. Por eso, nuestras puertas están abiertas para todo el mundo. Y también queremos hacerlo mejor cada día.

Pero el alumnado, al menos en mi caso, ya me viene separado en bueno y malo. A mí, que me toca el catalogado como malo, ni siquiera me dejan opinar; nunca lo haría, pero no deja de ser curioso que no tenga voz. Obviamente, entre nosotros no se habla de alumnos malos o baja calidad; se habla alumnado diverso, con dificultades de aprendizaje o de bajas aptitudes.

A este alumnado diverso se le separa del resto al comenzar el curso y se les conduce a las que  serán sus aulas, las aulas de diversidad. En esas aulas, se intenta que los estudiantes con bajas aptitudes cogidos en pequeños grupos, sea mejor atendido y pueda llegar a entender lo que sus iguales en edad captan en el grupo más numeroso de referencia.

El profesorado encargado de tales grupos no está asesorado en cómo hacer esta labor, los docentes no recibimos ninguna formación al respecto. Aún es más, es habitual que estos grupos tan difíciles caigan bajo la responsabilidad de un profesor interino porque casi nadie quiere esos grupos.

Así que si se consiguen buenos resultados, y casi siempre es así, es mérito de la persona docente que le echa dignidad, corazón y ganas, no del sistema. El problema reside en que cada vez es más difícil mantener la dignidad y las ganas cuando es el propio sistema el que trabaja en tu contra.

Antes de Wert, las diversidades eran aulas de 5-8 estudiantes, los grupos de referencia eran de 23-25 y el TDAH una chorrada más de los norteamericanos. Ahora puede haber hasta catorce estudiantes en esas mismas aulas de diversidad, de los cuales más de la mitad exhiben un diagnóstico en TDAH a petición de sus propios padres, y hay 30-35 alumnos por aula de referencia. Entre el profesorado, desalojar a gente del aula y drogar a la mitad del alumnado con metilfenidato se revelan como la única forma de conseguir hacer algo que merezca la pena con alguien. La palabra “terrible” se queda muy pequeña cuando el precio a que tu trabajo sirva a alguien sea tener a unos niños y niñas de doce o trece años que no se enteran de nada, analfabetos funcionales, apartados del resto y que van a acabar totalmente adictos a las anfetaminas. ¿Qué futuro les espera?

Las sensaciones que te invaden cuando vas a trabajar con un alumnado en estas condiciones, clasificado por alguien como defectuoso, que se sabe defectuoso, separado del resto y drogado, todo ello con el consentimiento del gobierno y de su propia familia, son de repugnancia.

Día tras día compruebas que no avanzas nada, que el currículo no sirve y las metodologías no funcionan, porque muchos de esos niños no saben lo que tienen que hacer ¡cómo van a saberlo si ni siquiera saben dónde están! Nosotros lo intentamos, se nos ocurren cosas, y a veces conseguimos los objetivos que nos proponemos. Pero no es ético: los experimentos, en tu casa y con gaseosa.

Niños y niñas que, como tienen dificultades los anestesiamos para que no molesten al resto y que acaban no sabiendo ni siquiera dónde están.

A veces yo tampoco sé dónde estoy, si en un centro educativo, en un almacén donde se oculta la mercancía dañada o en un centro de dispensación de drogas. Dicen que la palabra cadáver es un acrónimo derivado de la expresión latina “caro datur vermibus”, que significa “carne entregada a los gusanos”. No estamos lejos de clasificar a estos niños y niñas a los que les negamos su derecho constitucional a ser educados como “caro datur medicamentis”.

¿Por qué nos empeñamos en poner al mando a personas que no creen en el modelo de enseñanza pública y que consideran al alumnado como una mercancía? Porque somos gilipollas es la explicación más sencilla.

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